Luis Herrera Campíns: Más allá del Mito, el hombre que gobernó Venezuela

“El juego no termina hasta que no termina”.

Herrera Campíns usó una frase inspirada en Yogi Berra para explicar la incertidumbre en la política

Hablar de Luis Herrera Campíns en su centenario no es solo recordar su gobierno o su paso por la historia política de Venezuela. Es entender la figura de un hombre profundamente atado a sus principios, con una visión de país que, aunque enfrentó retos inmensos, dejó huellas imborrables.

Como primera reflexión estimo que al pensar en los líderes que construyeron la democracia nacida de la Constitución de 1961 somos muchas veces injustos y no valoramos en su justa medida los éxitos obtenidos en la gestión pública. Fue un hombre que creyó en la política como herramienta de transformación y que, con todas sus contradicciones, intentó impulsar una Venezuela moderna, educada y con una identidad cultural fuerte.

El presidente intelectual

Fue un político atípico en su tiempo. En una era donde la retórica populista comenzaba a ganar terreno, él hablaba con referencias literarias, citaba a poetas y manejaba un humor inteligente que a veces desconcertaba a sus adversarios. No era un líder histriónico al estilo de otros, pero tenía un carisma particular y un fuerte arraigo popular: el de aquel que no necesita gritar para hacerse escuchar.

Su formación como abogado y periodista le permitió construir un pensamiento político basado en la institucionalidad, el debate de ideas y la necesidad de que la política estuviera al servicio del ciudadano. En un país donde el liderazgo suele estar vinculado a la astucia y a la fuerza, él apostó por la cultura y el conocimiento.

Bajo su mandato se inauguró el Teatro Teresa Carreño, un emblema de la identidad cultural venezolana, y se promovieron espacios para el desarrollo intelectual del país. Su gobierno impulsó la finalización e inauguración de obras como el Metro de Caracas, una infraestructura pensada para darle a la ciudad una movilidad eficiente y moderna. Estas iniciativas mostraban su creencia en un país que debía avanzar sin perder su esencia.

Durante su gestión, se ejecutó el programa de alfabetización más ambicioso del país, y el impulso al deporte y la cultura fue una de sus prioridades. También promovió la construcción de viviendas de interés social a lo largo de la geografía nacional.

Una de sus obras menos comentadas, pero de gran impacto, fue la expansión de las telecomunicaciones. La llegada del teléfono a los sitios más alejados del país llevó consigo la impronta de su gobierno.

El Presidente que no gobernó para la foto

A diferencia de otros líderes de su época, Herrera Campíns no era dado a la propaganda personalista. No buscaba el aplauso fácil ni el culto a su imagen. Su gobierno, sin embargo, quedó marcado por un serio revés en la economía nacional, pero ello no niega la extensa obra que su gobierno dejó. Este evento, aunque devastador en su impacto, tuvo un origen que no fue estrictamente su culpa. La economía venezolana ya mostraba señales de deterioro desde administraciones anteriores, pero a Herrera le tocó ser el rostro de la caída. Enfrentó la crisis con el pragmatismo de un hombre que entendía la política no como un escenario de promesas irreales, sino como una gestión de la realidad..

Si algo le reconocen quienes trabajaron con él, es su honestidad y su falta de cálculo político para la popularidad. No hizo campañas de manipulación para desviar la atención de la crisis, ni intentó endulzar el golpe con discursos vacíos. A diferencia de lo que harían otros más adelante, él no negó la realidad.

El Hombre que creía en una Venezuela posible

A pesar de la crisis económica, Herrera Campíns no dejó de lado los proyectos que consideraba fundamentales para el país. Su gobierno mantuvo un enfoque fuerte en la educación y la infraestructura, comprendiendo que un país no se construye solo con cifras macroeconómicas, sino con instituciones que le den solidez.

Uno de sus mayores aciertos fue el impulso de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE), un organismo que buscaba modernizar la estructura del país y que, en su momento, propuso cambios que décadas después seguirían vigentes. No todos sus planes llegaron a consolidarse, pero dejó claro que la transformación del país debía pasar por una reforma seria y bien estructurada.

También tuvo una postura firme en la política exterior, reforzando la posición de Venezuela en la OPEP y defendiendo los intereses petroleros del país. Supo moverse con diplomacia en un escenario internacional complejo, sin perder la identidad de Venezuela como un actor clave en el mercado energético.

Los errores de un hombre que no temía decir la verdad

Si bien Luis Herrera tuvo grandes aciertos, los desaciertos no pueden ignorarse. Visto desde hoy tal vez podríamos decir que el más notorio de estos últimos no fue económico, sino comunicacional. Explicar a los venezolanos la magnitud de la crisis o prepararlos para lo que venía, se me antoja complicado para cualquiera, incluso para el presidente y su gobierno. En un país acostumbrado a la bonanza petrolera, el cambio fue abrupto y doloroso. La percepción de que su gobierno no manejó bien la crisis se convirtió en una etiqueta difícil de desmontar. Aun así, fue un presidente que no recurrió a la mentira como herramienta de gobierno. No disfrazó la situación ni ofreció salidas fáciles. Fue un político que entendió que gobernar también es asumir costos, aunque estos sean impopulares.

Luis Herrera Campíns no fue un presidente perfecto, pero sí un líder con principios. En tiempos donde la política se ha convertido en un espectáculo de demagogia, su figura recuerda a aquellos que entendían el poder como un medio para servir, no para enriquecerse.

Su legado no solo está en las obras que impulsó o en las decisiones que tomó, sino en la integridad con la que gobernó. Su centenario es una oportunidad para recordar que la política puede ser ejercida con ética, y que, a pesar de los errores, lo que realmente define a un líder es su capacidad de asumir su responsabilidad sin buscar excusas.

El último adiós

El día de su fallecimiento tuve el honor de despedirle personalmente y presentar mis respetos a su viuda, Doña Betty Urdaneta de Herrera, en su casa familiar.

Luis Herrera partió en paz, rodeado de sus seres queridos y con la sobriedad que lo caracterizó en vida. Por petición expresa suya, no quiso grandes homenajes ni reconocimientos, pero sí dejó dos peticiones que, a mi juicio, son un mensaje claro para la Venezuela de ayer y de hoy.

Primero, que su sepelio iniciara en la sede de su partido político, COPEI, rodeado de su gente, de sus compañeros y amigos de lucha por una Venezuela libre y democrática. Un gesto que, en un país fracturado, recordaba la urgencia de la unidad y la reconciliación.

Segundo, quiso se le rindieran durante su inhumación los honores militares que le correspondían por haber sido Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, posición que en alguna conversación que tuve con él, le llenaba de profundo orgullo, bajo su mandato la institución estuvo al servicio de la democracia y el respeto de las instituciones del Estado y ese tema le preocupaba por el devenir de los hechos recientes.

Queda para la historia del país su legado personal, como sitio de consulta para las nuevas generaciones.

Anterior
Anterior

La Democracia en América: Tocqueville, Trump y el Debate sobre el poder popular

Siguiente
Siguiente

Eudoro Vicente González Romero: Un hombre de su tiempo y servidor público incansable